Castillo de Santa Bárbara
Por David Ruiz

Sobre la cima del monte Benacantil y orientado hacia la Meca, se yergue la imponente fortaleza de Santa Bárbara, construida en el S.IX durante la dominación Musulmana. Este Castillo reunía unas condiciones privilegiadas por su proximidad al mar y altitud, sirviendo como fortaleza ante multitud de sublevaciones sucedidas a lo largo de toda su historia. A mediados del siglo XIX y a principios del XX, el Castillo fue perdiendo poder militar al no ser útil ante las nuevas “artes” de la guerra, pasando progresivamente a tener funciones de Prisión, sirviendo de cárcel para militares, republicanos y carlistas. En la actualidad, y a modo de museo, la fortaleza de Santa Bárbara alberga en su interior recuerdos y vestigios de lo que aconteció antaño.


Uno de los hechos históricos más significativos y que por su relevancia trasciende en leyenda, fue la conquista del Castillo por las tropas Catalano-Aragonesas, comandadas por Jaime I, a finales del siglo XIII.

Cuenta la historia que Don Nicolás Perich, Alcalde y fiel protector de la fortaleza, fue herido de muerte mientras velaba por la seguridad de su rey, Alfonso X, y la de su corona.

Nicolás de Perich había defendido a capa y espada su terreno, hiriendo incluso a Don Berenguer, súbdito de Jaime II, que fue a la defensa de su soberano al ver que éste se estaba batiendo en duelo. Ésta intervención produjo la inexorable muerte del Alcalde del Castillo. Su cuerpo quedó tendido en tierra, inerte, con la mano derecha empuñando su espada y la izquierda asiendo fuertemente las llaves de la fortaleza, negando de este modo la rendición. Tal fue la lealtad del castellano que tuvieron que cortarle la muñeca para poder quitárselas, al igual que el resto del cuerpo que fue despedazado y entregado a los perros. La historia siempre es más cruel que la triste realidad, y hoy por hoy, una mano cortada aferrando unas llaves es parte del escudo de la fortaleza de Santa Bárbara.

Y en relación a éste hecho subyacen varias leyendas:

La más romántica, tal vez, nos cuenta que cuando un invasor se acerca a la metrópoli de Alicante, se puede oír y ver a Don Nicolás Perich , vestido como aquel triste día, dando órdenes a su ejército para defender la urbe. También se dice que, año tras año, el día que tal combate se llevó a cabo, éste vuelve a suceder. En esa fecha, de madrugada (que es cuando sucedieron los hechos), podemos oír caballos, ruidos de espadas, injurias, gritos... todo el fragor de la batalla.

Leal y fiel, no sólo juró fidelidad a su Rey, sino también a la ciudad que se extendía bajo sus pies. “La defenderé con mi honor por siempre ", éstas fueron sus palabras bajo juramento. Y eso es lo que sigue haciendo, pues la muerte, como siempre ocurre en las leyendas, puede ser vencida por la lealtad, la fidelidad y el honor.

La historia nos ha demostrado que ésta fortaleza goza de fama inexpugnable. Alicante nunca fue conquistada, ni por los Ingleses en la guerra de sucesión (1700-1713), ni por Napoleón (1808-1812), cuando invadió la Península Ibérica.

Tal vez, Nicolás Perich, sigue cumpliendo su juramento desde ese “otro lado”.

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"El Corredor de los Gritos"

Los guardas de seguridad del Castillo afirman con rotundidad que en determinadas estancias suceden fenómenos aparentemente inexplicables; llantos, correteos, risas, gritos desgarradores… Un claro ejemplo es el denominado “Corredor de los Gritos”, un túnel prefabricado de unos 50mts de largo, donde algunos empleados del Castillo creen haber sido tocados por alguna mano invisible, inquieta y oculta entre la nada, que aguarda silenciosamente en el interior ese frío y angosto pasillo.

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María Cremades organizando el material de investigación
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Al fondo David Ruiz junto a Verónica en el oscuro túnel de los gritos, ubicado en el cuartel de Felipe II

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David Ruiz y Verónica Lillo conectando una de las cámaras de video que llevarían la monitorización de las pruebas que realizaríamos en el túnel
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Parte del grupo de Entre Duendes Preparándose para la investigación.




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David Ruiz ya puesto en acción preparando una de sus grabadoras analógicas
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Verónica Lillo preparando el cableado de los micros
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Seguidamente vamos apagando las luces del cuartel de Felipe II, quedando este invadido en una oscuridad inquietante.

Fuera del edificio nadie nos molesta, ya que todo el castillo de Santa Bárbara fue cerrado y desalojado para la investigación. Quedando tan solo los guardias que custodiaban el acceso al castillo.

Reportaje por completar